Minicuento

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Las gotas de una temprana y antinatural lluvia de primavera caían sin descanso sobre las calles mal empedradas de la ciudad. Allí donde los fundadores, siglos ha, habían colocado las losas sin terminar de ajustar bien, o allá donde simplemente el tiempo había creado grietas y desniveles, se habían acumulado el agua, el barro, y toda la porquería que era capaz de producir esa pequeño pueblo con normalidad.

No era ni siquiera media tarde y el cielo estaba completamente oscuro, ennegrecido por unas nubes que llevaban dos semanas negándose a moverse de su lugar. El ánimo de los habitantes era aún más negro que el cielo que los cubría. Hoy nadie vagaba por las calles, los niños no jugaban en las esquinas ni se cruzaban con carros que transportaban mercaderías de un lado a otro. No había pordioseros en las calles, ni perros sarnosos rebuscando entre la basura, ni predicadores del fin de los tiempos. Cualquiera que se hubiera atrevido a entrar en el pueblo, habría salido corriendo por la quietud sobrenatural que lo embargaba todo.

El Hechicero había llegado solo, sin contar la oscuridad que traía consigo. Llevaba una túnica andrajosa de un color que antaño quizás fue negro, o incluso verde oscuro. Una máscara sin expresión tapaba la cara del extraño, que caminaba encorvado sobre un caballo sin arreos de monta tan decrépito como su dueño. No lucía símbolo alguno. Tampoco lo necesitaba.

El alma de la gente se iba helando de miedo conforme el hombre se dirigía hacia la casa del Conde. Quienes trataban de cortarle el paso, caían al suelo y no volvían a moverse. Muchos se refugiaron y se mantuvieron a la expectativa. Los más listos comenzaron a correr… hacia fuera del pueblo.

Nadie sabía exactamente quién era, ni por qué había venido. Sólo sabían que, después de que el Hechicero entrara en la casona, y todas las ventanas se iluminaran por un momento, con una luz brillante y rojiza, las cosas iban a cambiar para siempre.

El Hechicero estaba de acuerdo. Tras una larga siesta de quinientos años, ya iba siendo hora de volver al trabajo…

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Nota: Simplemente me apetecía escribir algo. Y como estoy leyendo cosas de la Compañía Negra, tenía que inventarme un malo muy malo y muy misterioso que no tiene nada más que hacer que montarse una base en un pueblo corriente… Qué malos son los malos, hay que ver.

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3 Responses to “Minicuento”

  1. Suluk el Breve says:

    El Hechicero, sin un mínimo gesto de duda o de piedad, había convertido en ceniza negra y hedionda al Conde tras alcanzarle con el poder del rayo escarlata que surgió de su cetro. Su siguiente acción fue aún mucho más cruel. Con el movimiento de su mano negra, empujó las puertas que daban al balcón, lugar desde el que alzó su cetro y su voz y exclamó: ¡Alkután!, inundando la ciudad entera con una niebla verde, densa y macabra. Los lugareños que consiguieron huir cuentan cómo a la vez que la nube se extendía, horribles gritos y gemidos acuchillaban sus oídos. El Hechicero sonrió. Ahora, por fín, su ejército de esclavos estaba listo.

    Aquellos predicadores del fin de los tiempos en parte tuvieron razón. Así de rápido tuvo lugar el fin de la ciudad que por quinientos años había resistido invasiones y guerras, incendios y sabotajes y tanta miseria y pobreza. Ahora la ciudad renacería como una poderosa fortaleza dominada por el mal eterno.

    Los ciudadanos convertidos en esclavos edificaron las murallas y la Gran Torre, que se elevaba magnífica en el centro exacto de la ciudad. Desde allí el Hechicero reía contemplando el vasto terreno circundante y los hondos pozos y trincheras que sus esclavos cavaban. La antigua imagen de la ciudad había desaparecido para siempre …

  2. Zalagath says:

    resiste…resiste coña…no continúes tu con el párrafo…(susurro)* xDDD

  3. Norda says:

    Zalagath: hazlo! si no no tiene gracia…

    Suluk el Breve: :)